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Sucesión Apostólica Rebiba
El Cardenal Scipione Rebiba fue consagrado obispo titular de Amyclae y auxiliar de Chieti en 1541. Se ignoran las fechas exactas.
El Cardenal Scipion Rebiba consagró Arzobispo de Santa Severina a Giulio Antonio Santorio, en Roma, marzo 12, 1566.
Cardenal Giulio Antonio Santorio consagró al Cardenal Girolamo Bernerio, O.P. obispo de Ascoli Pisceno, Septiembre 7, 1586, en Roma.
Cardenal Girolamo Bernerio consagró Cardenal a Galeazzo San Vitale, Arzobispo de Bari, Abril 4, 1604 en Roma
Cardenal Galeazzo San Vitale consagró Cardenal a Ludovico Ludovisi , Arzobispo de Bologna, Mayo 7, 1621 en Roma
Cardenal Ludovico Ludovisi consagró al Cardenal Luigi Caetani, Patriarca Titular de Antiochia, Junio 12, 1622
Cardenal Caetani consagró al Cardenal Ulderico Carpegna, Obispo de Gubbio, Octubre 7, 1630 en Roma
Cardeal Carpegna consagró al Cardenal Paluzzo Paluzzi-Altieri degli Albertoni, Obispo de Montefiascone, mayo 2, 1666 en Roma
Cardenal Paluzzo Paluzzi-Altieri degli albertoni consagró al Cardenal Vincenzo María Orsini, OP, Arzobispo Titular de Manfredonia, febrero 3, 1675 en Roma
El Papa Benedicto XIII (Vincenzo María Orsini, OP) consagró a Próspero Lorenzo Lambertini, Arzobispo Titular de Theodosiopolis, Julio 16, 1724, Papa Benedicto XIV (1724)
El Papa Benedictus XIV
(Prospero Lorenzo Lambertini) Consagró Carlo Della Torre Rezzonico, Obispo de Padua, el 19 de Marzo, 1743 a:
Carlo della Torre Rezzonico
(Papa Clemente XIII) asistido por el Arzobispo Scopio Borghese e Ignatius Reali Consagró Brnardinus Giraud, Obispo Titular de Sibón el 26 de abril, 1767 a:
Cardinal Bernardinus Giraud
asistido por el Arzobispo Marcus Antonius Conti y el Obispo Iosefus Maria Carafa consagró al Sagrado Episcopado el 23 de febrero, 1777 a:
Cardenal Alexander Matthaeus
asistido por el Obispo Geraldus Macioti y el Obispo Franciscus Albertini Consagró al Sagrado Episcopado el 12 de Septiembre, 1819 a:
Cardenal Petrus Franciscus Galeffi
asistido por el Arzobispo Ioanne Franciscus Falzacappa y el Arzobispo Iosephus della Porta Rodiani Consagró al Sagrado Episcopado el 8 de Diciembre, 1822 a:
Cardenal Iacobus Philippus Fransoni
asistido por el Patriarca de Jerusalén Joseph Valerga y el Obispo Rudesindus Salvado Consagró al Sagrado Episcopado el 8 de Junio, 1851 a:
Cardenal Carolus Sacconi
asistido por el Arzobispo Salvator Nobili Vitelleschi y el Arzobispo Franciscus Xaverius Fridericus de Morote Consagró al Sagrado Episcopado el 30 de Junio, 1872 a:
Cardenal Eduard Howard
asistido por el Arzobishpo Alessandro Sanminiatelli Zabarella y el Obispo Giulio Lenti Consagró al Sagrado Episcopado el 8 de diciembre, 1882 a:
Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro
Consagró al Sagrado Episcopado el 26 de octubre, 1890 a:
Cardenal Joaquin Arcoverde de Albuquerque-Cavalcanti
Consagró al Sagrado Episcopado el 4 de Junio, 1911 a:
Arzobispo Sebastiao Leme da Silveira Cintra
asistido por Dom Alberto Jose Goncalves y Dom Benedicto Paulo Alves de Souza
Consagró al Sagrado Episcopado el 8 de Diciembre, 1924 a:
Obispo Carlos Duarte Costa Obispo de Botucatu. (Patriarca, Igreja Catolica Apostolica Brasileira (1945). Consagró al Sagrado Episcopado el 3 de Mayo, 1948 a:
Obispo Luis Fernando Castillo Mendez, como Patriarca de Caracas, Venezuela; a la muerte de Dom Carlos Duarte Costa, es elegido Patriarca de la Igreja Catolica Apostolica Brasileira (1961) y de La Iglesias Católicas Apostólicas Nacionales. Asistido por Dom Josivaldo Pereira de Oliveira y Dom Joanir da Silva Neves Consagró al Sagrado Episcopado el 15 de Julio, 2005 a:
Guillermo Antonio Pacheco Bornacelli, obispo de Barranquilla, al mismo tiempo Obispo de Cali y Primado de Colombia.
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DESARROLLO DEL PAPEL DEL OBISPO
a) Tiempos Antiguos
Es en estos primeros siglos de la Iglesia cuando se configura el ministerio episcopal en la Iglesia en sus aspectos materiales y formales. Si en los escritos del NT aparecen los dos tipos de comunidades señalados, con modelos ministeriales diferentes y adecuados a las necesidades y a la mentalidad de cada comunidad, en los escritos tardíos aparece ya una clara tendencia hacia la unificación de las formas ministeriales bajo la primacía del obispo. Tras la muerte de los apóstoles, y para evitar los peligros y abusos que van apareciendo, se fija cada vez más la organización de los ministerios, imponiéndose el modelo presbiteral, en el que uno de los miembros se determina como jefe y representante de la comunidad, el obispo; los demás servicios desempeñan un papel cada vez más difuso, y siempre bajo la autoridad y tutela del obispo.
De esta forma, hacia finales del siglo II podemos decir que se encuentra ya establecido en la Iglesia el “episcopado monárquico”, según el cual cada Iglesia local estaba presidida y dirigida por un obispo. Clemente de Roma todavía menciona un sistema colegial de obispos-presbíteros, que habían sido puestos en la comunidad después de la muerte de los apóstoles, “por otros varones eximios con el consentimiento de la Iglesia entera” (5).
Es en los escritos de S. Ignacio de Antioquía donde aparece ya plenamente desarrollada la idea del “episcopado monárquico”. Según la teología de Ignacio sobre el episcopado, el obispo es representante de Cristo e imagen del Padre y, por lo mismo, garante de la unidad de la comunidad; la Iglesia aparece “bajo el episcopado del Padre” y hace del obispo una especie de “sacramento de Dios” (7). Recordemos a modo de ejemplo algunos textos significativos al respecto: “Seguid todos al obispo como Jesucristo al Padre y al colegio de los ancianos como a los apóstoles… Nadie haga algo referente a la Iglesia sin el obispo. Sólo es fiable la eucaristía con el obispo o su delegado” (8). “No conviene abusar de la poca edad de vuestro obispo, sino, mirando en él la virtud del Padre, tributarle toda reverencia… La obediencia, no a él sino al Padre, de Jesucristo que es el obispo de todos” (9). “Estáis armonizados con el obispo como la Iglesia con Jesucristo y Jesucristo con el Padre, a fin de que todo suene al unísono” (10). “Como el Señor no hizo nada sin el Padre, ni por si ni por sus apóstoles, así vosotros no hagáis nada sin contar con el obispo” (11). “Someteos al obispo y unos a otros, como Jesucristo al Padre según la carne” (12).
Para explicar una evolución tan rápida en tan corto espacio de tiempo (pensemos que los textos de Ignacio son de los años 120 a 130 aproximadamente) hacia un “episcopado monárquico” (pensemos que los textos de Ignacio son de los años 120 a 130 aproximadamente), algunos autores apuntan dos causas:
1) El desorden tras la muerte de los primeros testigos hizo necesaria una organización que crease firmeza y seguridad al estilo rabínico, que garantizase una fidelidad en la transmisión de la doctrina;
2) Era necesario asegurar la unidad tras el aumento masivo de los miembros de la Iglesia y esto sólo parecía posible por medio de una organización bien estructurada (13).
Otra razón, que pudo tener una gran trascendencia, fue el peligro que suponían los movimientos gnósticos, “que apelaban a tradiciones particulares de tipo espiritualista, buscando apoyo en figuras importantes de la Iglesia primitiva” (14).
Para combatir estas corrientes, los defensores de la unidad y la verdadera tradición cristiana acentúan la importancia de la sucesión apostólica, encarnada en la figura del obispo. Fue, sobre todo, S. Ireneo de Lyon (+ 202) quien difundió esta idea-fuerza en su obra “Adversus haereses”: “La tradición de los apóstoles, manifestada en todo el mundo, pueden verla en cada Iglesia todos aquellos que desean ver la verdad, y nosotros podemos enumerar los obispos establecidos desde los apóstoles en las iglesias y su sucesión hasta nosotros… Mostrando la tradición recibida por los apóstoles y la fe anunciada a los humanos hasta el día de hoy a través de la sucesión de los obispos, confundiremos a todos los que se reúnen fuera de la Iglesia” ….”Todo en Dios es firme: la doctrina de los apóstoles…, el signo del cuerpo de Cristo según la sucesión de los obispos, a los cuales los apóstoles confiaron cada Iglesia local” (15).
Según esta sucesión, el obispo se convierte en testigo vivo de la tradición cristiana para el reconocimiento de la auténtica tradición; así lo ven también Tertuliano y San Agustín (16).
Por otra parte, en la “Traditio apostolica” de Hipólito (+ 235) aparece cómo, por medio de la ordenación episcopal, el obispo está lleno del Espíritu Santo para llevar a cabo su misión; de esta forma, el obispo se vincula, por medio de la sucesión apostólica, al Jesús histórico y, por medio de la consagración, al Señor glorificado (17). Esta doble relación cristológica garantiza la fe de la Iglesia.
El dato más relevante de la Iglesia antigua en cuanto a los ministerios eclesiales es, sin duda, la centralidad de la figura del obispo a partir del siglo II. El es quien preside a la comunidad creyente, quien representa a Cristo en las Iglesia, quien preside los sacramentos y quien regula la disciplina en la Iglesia. En su misión es ayudado por los presbíteros, con su consejo y colaboración, y por los diáconos, encargados especialmente del servicio a los necesitados.
Una característica especialmente relevante de la Iglesia antigua es la elección del obispo por parte de la comunidad cristiana. La Didajé (siglo II) establecía ya esa norma básica, cuando pedía: “Elegíos obispos y diáconos dignos del Señor, hombres de gran generosidad y sin avaricia, llenos de amor a la verdad y probados, que desempeñen para vosotros el ministerio de los profetas y maestros” (18). La Traditio Apostolica (siglo III) establece también que “se ordena el obispo elegido por todo el pueblo” (19). Lo mismo dicen las llamadas Constituciones Apostólicas (siglo IV), que constituyen la más importante colección de normas canónicas de la antigüedad: “Que se ordene obispo a un hombre intachable en todos los aspectos y elegido por todo el pueblo (20). El Concilio de Nicea (325) estableció en el canon cuarto el principio de que cada obispo debe ser designado por todos los obispos de la eparquía; a partir de entonces, se va restringiendo la participación del pueblo en la elección de sus obispos, pero la voz del pueblo seguirá siendo un elemento integrante en la designación de sus pastores, como vemos en el papa S. León Magno (440-461), que escribe en una de sus cartas: “Hay que escuchar, al menos, los votos de los ciudadanos, el testimonio de los pueblos; conviene oír el parecer de los nobles y tener en cuanta la elección de los clérigos, como hacen en la elección de los obispos quienes conocen las reglas de los Padres” (21). Ciertamente, si examinamos el nombramiento de los ministros en la Iglesia antigua, “vemos con claridad que, por lo que respecta a los obispos, se practicó desde el principio la elección por parte del pueblo y del clero, aunque las formas de participación fuesen muy distintas” (22).
A partir del siglo IV, se va desarrollando una eclesiología de comunión, llevada a término y dinamizada por la misión del obispo, que no sólo preside a su propia Iglesia local, sino que se responsabiliza también en la edificación de toda la Iglesia, como viene expresado desde el Concilio de Nicea por la presencia de varios obispos en la consagración episcopal, en el envío de "eulogios” o pan bendecido, en el rito del fermentum (23), en las cartas y, sobre todo, en la participación en los sínodos y concilios.
b) El Medioevo
La figura del obispo monopoliza los elementos sustanciales del ministerio en la Iglesia durante la época patrística. El obispo es el testigo de la fe apostólica y garante de la unidad en la Iglesia local, y el sucesor de Pedro, desde la sede romana, el custodio de esta unidad y comunión de fe en la Iglesia universal.
Pero con el tiempo se va dando una transformación en la concepción del episcopado y en la misión que el obispo está llamado a desempeñar en la Iglesia.
A partir de la paz constantiniana y, sobre todo, del reconocimiento del cristianismo como religión del imperio a finales del siglo IV, comienza a darse una inevitable influencia socio-política en todos los ámbitos de la vida eclesial. La Iglesia, como sociedad espiritual, se convierte en fundamento de la sociedad humana y, como anticipación de la “ciudad de Dios”, en garantía del orden socio-político en la ciudad terrena. Según este planteamiento, el obispo se considera integrado en el orden socio-religioso del imperio y se rodea su figura de signos de dignidad y poder terreno, que hace que se confunda su misión evangélica con las estrategias del poder político. Se imita el poder terreno (los títulos, las vestiduras, los signos de poder…) para expresar su autoridad espiritual en la Iglesia; esta unidad hace que se confundan y se mezclen los dos ámbitos. Los señores del imperio y sus sucesores pronto exigen el derecho de nombramiento de los obispos, derecho que es reconocido por el papa Juan X (914-928) en el año 921 en el llamado derecho de “investidura”, según el cual los reyes o príncipes soberanos daban posesión a los obispos de sus respectivas sedes, sin cuya condición no podían ser consagrados (24).
El episcopado se convierte así en una parte constitutiva del orden feudal y de la estructura medieval del estado, a partir de la unidad del imperio (regnum) y el sacerdocio (sacerdotium) como partes integrantes de la “societas chistiana” o “ecclesia”: por una parte, tenemos el régimen feudal, que daba a los señores o príncipes dominio sobre las tierras y las personas que habitaban en el territorio, y se concretizó con respecto a la Iglesia en la forma jurídica de la “investidura”; por otra , el hecho de que la Iglesia fue adquiriendo mayor poder político y que los obispos se convirtieron muchas veces en señores feudales. Todo ello tuvo también como consecuencia una “secularización” y mundanización del episcopado, así como una pérdida de libertad de la Iglesia en el ejercicio de su ministerio y en la designación de sus pastores (25).
Fue la reforma llevada a cabo por el Papa Gregorio VII (1073-1085) la que afrontó el tema de las investiduras, rescató la libertad de la Iglesia y logró una independencia de los obispos respecto al poder político. Pero al mismo tiempo, la reforma gregoriana supuso también un importante reforzamiento de la autoridad del Papa, apoyado por la teología de las órdenes mendicantes (Tomás de Aquino, Buenaventura etc.), que desarrolló la teoría papalista del episcopado universal del obispo de Roma; es decir, el Papa no sólo preside a todos los hermanos en la fe y garantiza la comunión y unidad de fe de todas las iglesias, sino que tiene una autoridad jurídica sobre todas las iglesias y sobre cada uno de los obispos. Llevada al extremo esta concepción, los obispos se convierten en una especie de funcionarios o delegados papales (26).
Como reacción a este absolutismo papal, surgieron también corrientes que situaron en el episcopado el centro de gravedad del gobierno de la Iglesia y de la misión pastoral. Fruto de esta reacción fueron el episcopalismo y conciliarismo medieval, según los cuales el conjunto de los obispos tienen poderes superiores a los del papa y, por lo mismo, sostuvieron la supremacía del concilio ecuménico sobre el Papa, doctrina que fue condenada por el V concilio ecuménico de Letrán (1512-1517)(27).
Por otra parte, a nivel teológico se cuestionó también en esta época la distinción o diferencia sacramental entre el episcopado y el presbiterado, a partir del pensamiento del Ambrosiaster y de S. Jerónimo (347-419) sobre el tema. El Ambrosiaster (28) en su comentario a las cartas paulinas, sostiene que el presbítero en la doctrina de S. Pablo significa lo mismo que obispo y, por lo mismo, el obispo es sólo el primero de los presbíteros, el que presidía, pero no porque su función o misión brotase de una superioridad sacramental; para ello aduce el dato histórico de las iglesias de Egipto, que entronizaban a un presbítero cuando faltaba el obispo.
Esta doctrina fue divulgada por S. Jerónimo, que defendió la igualdad sustancial del episcopado y el presbiterado; su opinión influyó decisivamente en la teología medieval, que se aparta del planteamiento teológico de la Patrística en este punto y centró la esencia del sacerdocio en la “potestas in corpus eucharisticum” (29). Como la potestad referente a la eucaristía y el perdón de los pecados, corresponde tanto al sacerdote como al obispo, la mayoría de los teólogos escolásticos negó la dignidad propiamente sacramental al episcopado, con lo cual la diferencia entre episcopado y presbiterado sería de orden jurídico, no de orden sacramental. Esta nivelación provocó a su vez una exaltación de la figura del párroco como algo de derecho divino. Estas mismas corrientes fueron también un motivo para que se precisasen las funciones de la potestad episcopal.
c) Epoca moderna
En lo que se refiere a la función y misión episcopal en la Iglesia, la época moderna supone una clarificación sustancial de muchos malentendidos o exageraciones surgidos en la época medieval y un desarrollo de la esencia del ministerio episcopal.
La reforma protestante, que rechazó la sacramentalidad del orden sacerdotal, puso en tela de juicio también el oficio episcopal, considerándolo simplemente como un elemento humano y accesorio. Al relativizar la realidad salvífica de la Iglesia bajo el principio “solus Christus” y rechazar el principio jerárquico de la misma, la misión de los pastores se reduce a una pura “funcionalidad”, cuyas formas pueden variar y adaptarse a las diversas situaciones. La reacción, justificada en muchos casos, contra una mundanización y politización de los obispos, hizo también que se rechazase la misma función episcopal. De hecho, la estructura episcopal sólo se conservó en una parte de las iglesias reformadas; bien es verdad que se ha dado en el último siglo un reconocimiento de la necesidad de este servicio ministerial en la Iglesia, aunque sus funciones se entiendan de forma diversa a como se comprenden en la Iglesia católica.
El concilio de Trento, aparte de responder a los errores protestantes en cuanto al sentido jerárquico, al orden sacerdotal y a la diferencia de episcopado y presbiterado (Denz. 961-967), presentó una concepción eminentemente pastoral del obispo, determinando en el canon 7 de la sesión XXIII la superioridad de los obispos sobre los presbíteros; entendió que la predicación y el anuncio del Evangelio es una función episcopal, que los presbíteros llevan a cabo por delegación, según la opinión de Pedro Soto (1500-1563), cuya influencia en Trento fue grande a la hora de establecer la doctrina sobre el sacramento del orden. (30). Como expresión concreta de esta exigencia pastoral, el concilio de Trento estableció también la obligación de residencia para los obispos en su propia diócesis. La cuestión que dejó abierta el concilio fue si la potestad episcopal la recibe de Dios directamente a través de la consagración sacramental o la recibe del Papa.
En los siglos posteriores al concilio de Trento, se puede destacar una tendencia “papalista”, que llegará a su máximo desarrollo en el centralismo del siglo XIX y encontró también reacciones contrapuestas en los movimientos “episcopalistas de Francia (galicanismo) y Alemania (febronianismo).
El Vaticano I, con su doctrina de la potestad suprema del papa sobre toda la Iglesia (Denz. 1831) por una parte, y el reconocimiento de la independencia episcopal (Denz. 1828) por otra, se opuso tanto al papalismo como al episcopalismo radical, aunque también hay que señalar que no desarrolló una doctrina completa sobre el episcopado, debido a la interrupción prematura del concilio.
Esta doctrina sí aparece ampliamente desarrollada en el Vaticano II, como fruto de una profunda y madura reflexión teológica (31). El capítulo III de la Lumen Gentium y el decreto Christus Dominus recogieron y desarrollaron lo esencial de esta doctrina, destacando la sucesión apostólica, la sacramentalidad del episcopado, el desarrollo de las funciones del obispo, la importancia de las iglesias locales y el sentido de comunión con la Iglesia universal; también se destacó la colegialidad episcopal bajo el primado del sucesor de Pedro, dando así una respuesta a la discusión secular sobre el tema.
Nunca, hasta el Vaticano II, se había expuesto con tanta claridad y amplitud, por parte del supremo magisterio de la Iglesia, la doctrina cristiana sobre el episcopado, a pesar de que haya aún muchos puntos que deben ser profundizados y desarrollados, tanto a nivel teológico como pastoral.
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